La rutina siempre había horrorizado a Koyanisgatsi . Aunque sabía como en el Mito de Sísifo de Albert Camus que estaba sujeto involuntariamente a ella. Antaño tenía un puñado de frondosos sueños fragmentados. Sus bolsillos rotos se deslizaban en el claro-oscuro de la desesperación. Todavía recordaba aquella ocasión cuando caía a la necesidad bastarda de vender su legítimo tiempo para “otros”, de emplearse productivamente con la abstracta sociedad y ganarse unas poquitinas monedas
Jamás había penetrado en su mismidad de carencias externas que le obsesionada la fría idea de encontrar un buen empleo, totalmente impersonal, nada disfrutable y con demasiado efecto mecanizador.
¡esos días de ocio habían terminado, sus ansia de creación y alma artístíca sucumbían por el retrete del capitalismo y su sucio juego de competencia insana!
Después de todo, el ocio en exceso mata al alma… se repetía confusamente cuando veía que su alrededor, en su medio se exigía posesionarse en plazas acomodaticias para prolongar un confortable estilo de vida o amasar minifortunas que los iba colocando en la galería social de “yo soy algo”. Después de todo, en última instancia, en los bordes de sus ser, koyanisgatsi pensaba que cultivarse a sí mismo es mero narcisismo… que lo mejor es compartir y dar sin importar que los demás actúen igual. Koyanisgatsi sabía muy bien que se encontraba enfrascado. Su moustrosa economía de las necesidades le nublaba su mente y, sus percepciones sobre el sentido de convivencia se trastocaba desequilibradamente porque una invisible corporación de las agencias publicitarias le había inventado necesidades artificiales, por estas razones se veía insípidamente dentro de la neurosis social. Al fin y al cabo llegó a comprender koyanisgatsi que las sociedades modernas se mantenían y vivían conforme a este carácter, era la macdonalizacion y la cocacolanizacion las que enfermaban a estas poblaciones y así por consiguiente estas mismas cadenas les vendían la cura: consumo, enajenación, inconsciencia total.
Entonces fue cuando decidió experimentar algún trabajo digno con un patrón X explotador y quiso en definitiva saber si era apto para el engranaje social y saberse percibir en bruto, su cuerpo y su si-mismo con ese sensualismo material que lo transformaba en mercancía
Hacia mucho que no se dedicaba a los trabajos corporativos de sociedades anónimas, y mucho menos a conseguirlo, porque a veces y casi siempre se concebía como un hombre completo, es decir, no necesitaba entregar su alma a cosas impersonales, cosas que no le eran de incumbencia como en los sucios negocios de los abaratados locales del zócalo y que se adherían sin trascendencia para el espíritu, por ende, esta manera de ver las cosas no lo introducía en el trivial reino de las necesidades. Para Koyanisgatsi, el dinero no es una satisfacción delirante que embellezca su alma, sino todo lo contrario. Y aunque esta ocasión fue muy distinto y sus bolsillo rotos y sus fotográficos sueños descalabrados se desnudaban haciéndole connotar el delirio de su miseria humana. Se levantó de un tirón y se dispuso a buscar donde encontraría vacantes, en una oficina, una fabrica, alguna tienda. Ahora sí, su precipitada necesidad económica lo requería y en su cita acudió a un restaurante que lo administraba un tacaño e inculto chino o coreano
¿Cuántas personas dueñas de negocios no habrá con estas características? ¿Qué significará ser un proletariado tecnológicamente modernizado en medio del canibalismo capitalista? Aquel lugar no era ningún barrio chino, y sí un sofisticado restaurante de lujo.
Al inicio del día, a la hora en que oficinas y negocios abren sus puertas, koyanisgatsi se nutría de los rayos solares para obtener buena fe hacia lo que le esperaba durante el transcurso del día, la abominable incertidumbre lo colocaba en un situaciónismo soez en el que se había empleado. Este negocio abría sus puertas a las 9:00 AM sólo para trabajadores, y para sus clientes dos horas después. El espectro de la ciudad desde aquí lo observaba con la mirada de un científico. El sabía que había una fragmentación social y cultural de las personas, es por ello que únicamente respondían a su “sobrevivencia”, había una fragmentación de las relaciones humanas y toda la vida cotidiana también la habían fragmentado; el hombre en sí, hecho a la semejanza de las ciencias contemporáneas, fragmentado y viciosamente petrificado, programado, sucumbido,era parte de esta fragmentación.
Las aceras brotaban sentimientos de artificialidad y una geometría de la cuadratura. Calles estratégicas circundadas por la gentil bonachona clase media, el transporte público azotado en las cuatro direcciones, robusta arboleda en medio de la avenida rasposa que se prolongaba en la sistematicidad de fluir en el tiempo, vaguedad como inmensas nubes paseándose sin dirección: era un nuevo amanecer, continuidad de la continuidad en el mundo de los negocios, en los matutinos y vespertinos. Koyanisgatsi vio a un hombre que caminaba mientras leía su periódico, iba en dirección de las jardineras, en medio una graciosa fuente de agua cristalina. Alrededor se abría en los locales esa continuidad de seguir haciendo funcionar la maquina registradora.
Koyanisgatsi entró bufonescamente como una bestia de carga y uniformado con un mandil de cuero, color blanco, y que le llegaba a sus empolvados pies. Encima de su cabeza, tenía un gorro de cocinero.
Los disparatados segundos se volvieron lentos. Se le dieron instrucciones vanas pero las hizo. Salió a barrer la ineducada calle satirizada de fashion y después lo llevaron a un bodegón semi-oscuro en donde talló y talló piso y paredes y en donde salieron un centenar de cucarachas mientras tallaba. Al último supo que esto era de todos los días pues el contenedor de basura estaba repleto de sobrantes de comida en descomposición y los botes metálicos despedían olores fétidos. Ahora las instrucciones lo enviaron a la sala de estar cuya clientela azotaba su trasero aristocráticamente en algunas de esas sillas bien ordenadas. La hipocresía del lujo y la ilusión de creer que “las gentes bonitas” de las ciudades merecen respetabilidad y afable atención únicamente por sus carteras repletas de tarjetas de crédito se consternaba una truculenta farsa y los valores de la alta sociedad caían sobre una terrenal banalidad tan similar a ser ignorantes.
Aquel piso se recubría finamente como cristales luciendo como despejado cielo de mediodía y su tarea era aromatizarlo con la esencia paradisíaca de laureles y perfume de flores; las paredes sostenían cuadros de colores que pintaban canasteros frutales; sillas y mesas adornaban lúcidamente y garzón, el que recibía las propinas, con su atuendo parecía el dueño del velorio, pero no se le desacreditaba su humor vestimental porque también reflejaba elegancia.
El día apenas estaba iniciando y Koyanisgatsi ya estaba muy agotado. Entonces las puertas se abrieron al público y comenzó la función y la ronda de los desayunos más caros que haya visto. La esposa del chino apareció súbitamente, una señora con rigidez y un toque de clase y con característica de prepotencia y también explotadora rudeza. Ella le pregunto su nombre y luego inmediatamente se presentó diciendo que era la esposa del chino y que se llamaba Lin Mon Ehy, así que puntualizó que le tenía que obedecer y para demostrarlo lo condujo hacia el jardín y los ornatos donde había en aquel fondo una oscura bodega repleta de refrescos y cerveza heiniken. Ella hablaba con un acento titubeante y palabreaba cómicamente, aún así entendió su petición: ella quería que cargara el refrigerio con bebidas y que más adelante, después de que terminara, colocara unos tapetes de cuero negro en la sección de la cocina donde ahora lo iban a colocar.
Pudo haberse tomado una heiniken después de refrigerarla para recompensar pero el inmueble tenía cámaras vigilantes para observar a los empleados, los cocineros, los meseros, cajeros y señoritas que daban la bienvenida a la clientela.
Ahora dentro de la cocina y los hornos y todo el personal enclaustrado, reducido en un cuarto de frustración y en donde todos tropezaban constantemente. Paredes carcelarias, piso sucio, cuyos tapetes se había colocado ahí en ese piso de cemento frío para que no resbalara nadie y además era de tener cuidado al caminar Aquella cabina precisaba un ambiente mudo y tal parecía como si alguien de entre ellos piloteara la “nave de los locos” de la perdición embarcado y enclaustrado navegaron hacia las someras horas del aburrimiento, un encharcamiento triste visualizaba las miradas de los otros.
El único que gozaba como bailarín su trabajo era
garzón que entraba y salía, salía y entraba por esa compuerta con un ventanal transparente y que asoma hacia el comedor y las exótica comidas que degustaban un público indiferente; smoking, trajines de catrin, adornada vestimenta envolvía los cuerpos catalogados de alta sociedad… las sociedades ficticias que se viven son estúpidamente inarmoniosas, pueriles, engreídas e hipócritas, había dicho alguna vez un revolucionario Zen que vivió en un monasterio tibetano.
Y ahí estaba koyanisgatsi, dándole brillo higiénico a esos vegetales para que dieran un aspecto suculento, listos para servirse a un paladar que saboreaba las mentiras del mundo y las digería con buen humor.
Esas gentes mascaban su arroz con salsa bonachona mientras sus menesteres dialógicos les entretenía sobre finanzas y estadísticas del valor y del mundo macabro de los negocios. Koyanisgatsi tenía entremanos que para abrir las puertas de la percepción y erradicar el principio de la represión, había que eliminar la propagandística política del engaño, la explotación, los negocios, el juego de la vida contra la muerte, hacia la muerte. Y el principio de ese mal –bien lo sabía- lo representaba el Estado. El arte, la filosofía, las capacidades espirituales y la trascendencia del alma, el desarrollo cultural y la alquimia transformativa del ser humano no se exponían en el menú y es por consiguiente que ahí no se engullía, entonces
garzón entre 1:45 PM y 3:45 PM se deslizaba astutamente y con más prontitud, exigía más pedidos que los de la mañana y no eran frijoles enchilaquilados sino glamour gastronómico.
Todo ser de Koyanisgatsi se había constituido a un rebajado pinche: pelando artísticamente papas, coles, rábanos, brócoli, pepinos, zanahorias, champiñones, limpiando legumbres, colocando sartenes sobres carnes frías, harinas y huevos en revolturas y el horror de su rostro reflejabase en los trasteríos y sartenes de aluminio puro que se acumulaban e invadían la pila cada cinco minutos y que tenía que pulirlos con jabón y retocarlos con una franela.
Así que lo mejor era ¡ir por una heiniken! –pensó Koyanisgatsi. Pero su novatada fue respondida: «¡No, espera!, no puedes hacer eso porque está esa cámara ahí y nos está observando y está checando permanentemente nuestros movimientos. Mira sólo tenemos derecho a esta aguas frescas que se nos proporciona…» Así que se contuvo pero fue gratificado con una jarra de limonada y hielos.
Su espalda agonizaba y sus pies acalambrados casi no podían sostenerse. El que charlaba más era el más ocioso dado que no hacía nada sino únicamente dar órdenes al subgrupo, era el que mezclaba y freía los ingredientes y hablaba y hablaba que ya se le podía poner al sushi menjurjes, herbales y nuez de la india, de todo tipo y, que era muy felíz conociendo las variedades porque eso le permitía colocarse entre los grandes chefs de sushi y ganar por supuesto, más dinero. Aquel hombrecito de tez morena, muy curioso y con bigotes de pachuco y gorro de chef italianini era el que comandaba la sección de cocina, gritaba que le pasaran los condimentos y que alguien por favor fuera al refrigerio por más calabacitas.
Cocinaba y divagaba de sus osadías en la cocina así que le permitían que prolongara las conversaciones. Ya en la hora del receso, la ayudante del chef primero, una señora con un rostro humilde y encorvada de su cuerpo por sus años, preparó a todo el personal de la cocina un jugoso caldo de pollo con alitas del tamaño de un polluelo recién salido del huevo. Llega con su olla sobre un carrito y sin dejar que nadie se moviera, empieza a servirles a cada uno desde sus lugares. El chef primero y el chef segundo se pusieron muy contentos; luego llegó
garzón y en tres minutos devoró su plato a sorbos y su apropinada cara sonreía también, así que salió de un giro para talonear más morralla; al ritmo que danzaban las manecillas del reloj para los inciertos futuros de la existencia, llegó otro hombre con más seriedad que
garzón, un poco pálido y algo robusto, y con esa misma seriedad saludo a todos y muy diplomáticamente a los que giraban rutinariamente en su vida social.
Entonces llega el chino detrás de él y le dice a Koyanisgatsi que debe obedecerle y todo lo que pida se lo atienda para la mejoría del establecimiento. El chino se retira con su malicia explotadora a su oficina a observarlos teledirigidamente con sus monitores desde su confortable sillón. Cuando Koyanisgatsi se había presentado en su oficina para su entrevista, en primera instancia vio que el chino iba a ser un hombre cultivado pero cuando observó que teñía en su biblioteca libros como
El tao de los negocios,
Caldo de pollo para el alma, otros libros escritos por Donald J. Trump, y ahí se encontraba el
Buda para manager y
Si Aristóteles dirigiera la general motors; Koyanisgatsi se indigestó interiormente y pensó para sí mismo que no era posible que el chino se tragara eso para su mente. Unos minutos después, el otro hombre comienza a disfrazarse como torero con la misma uniformidad que
garzón, y entonces ya iban a ser dos para camellar en la mesereada. Se dispone alegremente mientras saca su cuaderno de anotaciones y entonces sale por la compuerta con la dispuesta sonrisa para cautivar a la clientela.
Ahora tocó el turno de Koyanisgatsi para la comida y aquella señora amable le prepara en un tazón las energías que iba a despilfarrar en la siguiente marea de horas “muertas”, y es que aunque faltasen tres o cuatro horas para su salida, su cuerpo y su mente, ya estaban demencial, alucinaba con lo relojes de la pared porque volteaba a verlo con frecuencia y la relatividad del tiempo lo engañaba pero ese enlentecimiento del tiempo, es decir, de las manecillas, lo desvigorizaba. Fue ahí en ese instante cuando le dijeron precipitadamente que no debía descansar, sino que movilizara sus fuerzas y a su vez devorará los alimentos del platón para que no dejara de funcionar la maquinaria infernal en la que se habían colocado. Tal parece que el chino poseía la mentalidad frívola de un yanki, y se la había heredado, por supuesto, a su empleados. Time is Money… ¿porqué en el mundo existen personas que únicamente se preocupan por eso?
Unos segundos perdidos, y se deshilaba el enorme esfuerzo colectivo para que un puñado de gente con sangre rosa y con casas de amplia cochera para que quepan sus tres robóticos automóviles que daban señales de conformar una robótica familia de los suburbios cotizados entre ennegrecidas ciudades ciegas y cadavéricas y sistemáticos habitantes que aún siquiera no sabían que ya estaban muertos, pues, obtuviera su platillo decorado. Unos segundos perdidos y ese gentil hombre pudiera irse y cambiar a otro restaurante de categoría.
Garzón llegaba con platos de comida semivacíos, y el cocinero pedía más platos para realizar los siguientes pedidos, entonces utilizaba sartenes y los devolvía engrasados y alocadamente todo esto se volvía un “teatro cómico”.
Para entonces, Koyanisgatsi estaba entablando conversaciones con la muchacha que se quejaba con ademanes de su espalda. En esa sección de los lava-platos a Koyanisgatsi se le había dado instrucciones para que corroborara en auxilio con la muchacha cuando la pila se acumulará con montañas de platos sucios. Como entonces esto era constantemente ahí Koyanisgatsi tuvo oportunidad de hablar con alguien que sí ponía atención a los pensamientos. Más bien, después entendió que ella quería conversar de diferentes temas para matar el tiempo más rápidamente. Así que captó el juego y ahora Koyanisgatsi le preguntó que cuánto tiempo tenía ahí rentándole sus servicios para el chino. Y ella le dice que va para un año. Cayó desvanecido y asombrado porque esa chica necesitaba al menos cuatro veces el sueldo más de lo que ganaba. Su vida estaba derrotada con dos niños que alimentar y ella con 21 años y casada con un hombre que tenía un trabajo de mierda y ella atorada en un “hoyo” capitalista deshumanizador comandado por un mezquino chino con cara de dólar arrugado en su afligida frente.
Las horas desvariadas acechaban su temperamento y eso le incomodaba. Sabía que faltaba un par de horas así que tomaba las cosas como venían. No obstante su entusiasmo se encontraba abatido y entonces, finalizada la jornada, su hora de salida aparecía. Nunca había sentido su alma y su ser interior tan afligido como esa vez, desilusionado, pero ahora era el momento de contemplar la luz de la ciudad y sus enormes cielos abiertos de una acalorada tarde veraniega.
Se despide de la simpatía del chino y en broma le dice “hasta mañana si Dios quiere” como si fuera ya un camarada de la vida. Para ese entonces salió aguijoneado y vapoleado con unos pies cargados de sufrimiento por haber estado casi 9 horas en acción involuntaria. La espalda resentía un dolor como si le hubieran dado un ladrillazo ( esto del dolor, tal vez constituyese la “máxima de la vida” como budha lo «profetizó» hace 2500 años, pero ¿Dónde había quedado la realidad gozosa? ¿Ese avistamiento temprano del paraíso en los hombres? Koyanisgatsi, en teoría, marcaba pautas para encontrar una realidad erótica que no bastaban simplemente analizando las antinomias del principio de la realidad frente al principio del placer… tenía que seguir indagando sobre las ranuras del “yo saturado”, en el comportamiento de la colectividad y su inherente abismo… pero ¡No había nada de eso!... La vida cotidiana no tiene tiempo de pensar esas cosas, y más bien su dedicación es programar y controlar el ritmo de vida de las personas, es decir, su aceleración y su subsiguiente frenético culto al dinero.
Transitaba solitario por las avenidas y cuando dio vuelta entre las luminosas calles, sus ojos brillaban como quien viera directo a los rayos solares. Por la alegre ocasión, quiso caminar, y la tarde era espectacular: una llovizna había cesado, la frescura era real y jovial. Recordó que caminó 5 o 6 calles, cruzó 2 o 3 avenidas y la rumbeante ráfaga de automóviles rugía. Caminando iba entonando el himno a la alegría cuando de frente pudo observar aquella estatua ganadora de un cualquier domingo cuya turba emocionada rodeaba aquellos grises pies de la estatua cuando su equipo de fútbol local ganaba los partidos. Vio el búho de minerva cómo despegaba el vuelo hacia la infinitud del firmamento, sus ojos fríos como piel de cascabel centelleaba sabiduría oculta. Así que quiso entregarse extasiado de emoción y besarle… sentía que se encontraba en el corazón de una ciudad snob. Al lado de él pasa un bettle modelo 2007 color púrpura, en la cabina iban cinco chicas deletreando el alcohol que llevaban encima. A Koyanisgatsi le roban su atención y alcanza a escuchar que sintonizan de su radio música ligera. El semáforo en alto para los vehículos que se solapaban transitando alrededor de la estatua con indiferencia, ese trozo de piedra anunciaba en el mármol que custodiaba esta leal ciudad, su mirada penetrante en el vacío puso a reflexionar a Koyanisgatsi. Y ahí estaba aquella estatua a la cual la han glorificado, fetichizado, pintarrajeado horriblemente o vendado con harapos tristes y tal parece que hasta escoltado. Frente a ella, a una distancia de par de metros yacía su individualidad que experimentaba la sensación dichosa de la libertad en medio de un río de inconsciencia que paseaba desbordadamente por avenidas y callejones tapando alcantarillas de hipocresía, y el río continuaba su marcha hasta almacenarse en los ghettos providenciales de majestuosa privacidad clasemediera. El río de inconsciencia transmutaba su energía convirtiendo a las personas y los acontecimientos del ritmo de vida, similar al mundo de un hormiguero, empero, a escala amplificada.
Luego ya en el último recorrido abordó el transporte en su Terminal. Ubicación, al occidente de la ciudad, a un lado de la paletería Nebraska. sus ojos presenciaron filosóficamente la falsedad de la convivencia de todos los días. Los que venían de su trabajo portaban su etiqueta de “gente bien”…muy bien alineada y demasiado sofisticada con marca fashionable en su vestir y en sus rostros irreales, con ojos automatizados y cargados de una angustia existencial por la alienación metafisica del trabajo que generaba la mierda pulida del dinero y que les encubría su auténtica identidad.
Siempre había considerado que algunas personas son demasiado estúpidas al creer que en esta vida consiste en acumular riquezas y buscarse una posición en la insana rueda de la fortuna. Ahí han estado siempre. Frustrados y creídos. Por desgracia, así piensa las mayoría y por ende, su mentalidad vulgarizada les nubla sus percepciones actuando de un cretinismo más insolente demostrando o queriendo ser ciudadanos de primer mundo por el simple hecho de que viven enriquecidos de la vida abundante cuando no son sino interiormente ni una flor espiritual del jardín más hermoso de la imaginación; y ello se debe a que consideran que si obtienen el mejor maquillaje extraído de los estilos triviales de Holliwood serán personas con clase y superioridad. Pero ¿En que triquiñuelas se ha metido la mente? Vivir ilusoriamente ha de ser muy significativo para ellos. La consciencia falsa es hija prodiga de las sociedades de consumo. Y es que vivir en el mundo ilusoriamente es la frívola representación de ser manejado como juguete de control remoto inducido por las compañías transnacionales y suprainternacionales, era lógicamente viable pensar que aquellos sujetos que se enganchaban a los mensajes televisivos y de la radio y de carteles y demás propaganda inútil, eran enviados a mundos vacíos y cuadrados de putrefacción porque sus deseos inconscientes eran manipulados o hasta inventados por estos mass media.
Transcurrieron los minutos y un par de minutos para llegar a lo que la oración cristiana cantaba “hogar dulce hogar. Entonces el propósito inicial fue caer derrumbado sobre el reposo de la cama y tomar una serena fiesta. En las afueras, la lucida noche apenas caía.
Al día siguiente despertó, y cinco minutos después salía otra vez a la aventura rutinaria. El sol lo bendijo para que brillara aún más su aura y Koyanisgatsi dio sus acostumbradas oraciones matutinas para que el día de hoy funcionara a la perfección. Así que mientras cavilaba sobre su sentido de existir en la irradiante divinidad del universo, ese espejo del universo inconmensurable en el que el hombre se puede ver a sí mismo como en la nitidez de un lago en un claro de luna; caminaba sobre calles envueltas de comercio, carteles, manzanas arquitectónicas, la fealdad de banquetas rotas y basura colocada discretamente en los árboles con copa frondosa. Ya sobre el transporte, ahí decidió no volver más con el chino y su miseria disfrazada de violencia explotadora,
Tuvo la osadía de desviar su ruta y dirigirse al santuario de los perdedores, el campus universitario repleto de estudiantes neutralizados, como le había bautizado el doctor Ensenada y su amigo freddy “el roto”, este último un freak sincopado del acohol que lo había conocido Koyanisgatsi cuando el doctor Ensenada se devoraba la obra de Newton en la biblioteca, porque decía con entusiasmo que lo quería entender y refutar para que su teoría física fuera más allá de lo que la física cuántica hoy se permite hablar, otras veces se devoraba a Hegel, Kant y puro pesado del racionalismo abstracto. Freddy “el roto” se encontraba recostado en la alfombra de la biblioteca, dormitaba después de una farra de esas incontroladas que se prolongan hasta el amanecer, a partir de ahí lo conoció como el profesional de las experiencias etílicas, juntos fueron un buen grupo de amigos. El campus universitario, como le decían, estaba repleto de estudiantes neutrales y descendientes de la generacion X, los estudiantes siempre estaban pensando en su futuro financiero y estaba muy bien visto que estos mismos cuando crecieran estaban dispuestos a vivir conformistamente y ha pagar los impuestos al gobierno obedientemente. Esta juventud, la época se había encargado de que viviera no precisamente en el presente, sino pensando y viviendo de la cultura del hueso y de colocarse en los gabinetes de las instituciones y percibir un sueldo moderado que los dignificara. La universidad siempre ha sido una confrontación de egos académicos que vivarachamente se pretendían colocar burocráticamente en las instalaciones del sistema sin ni siquiera usar su intelecto y sus facultades críticas.; ahí estaban los abogados, los politólogos en primera fila, luego le seguían otros que se adherían a esta campaña o les inyectaban la repartición –muy arbitraria y burocrática- del virus germánico de concluir con un doctorado en tierras lejanas deificando su ego académico postulando su título por universidades de primer mundo. Así ha pululado viciosamente y ha madurado en las costumbres de las universidades, al menos en las tercermundistas donde las investigaciones son parte del discurso, pero del dicho al hecho hay un buen trecho. Todo ello estaba muy bien orquestado por Padilla y su pandilla durante dos décadas. Estos rufianes habían hecho de la universidad una empresa y su negocio era la ingenua juventud que le habían borrado su norte y sus esperanzas de colaborar socialmente, culturalmente, deportivamente, científicamente, analíticamente, periodísticamente, amigablemente ante los hechos presentes y los hostiles acontecimientos del nuevo desorden mundial. La universidad siempre ha sido una confrontación de egos académicos y la pandilla de pacotilla la tenía muy controlada por dentro y por fuera, con políticos a su favor y con una grilla mediocre pero pragmáticamente funcional, se enriquecían mediante la sociedad y elegían a los suyos si obedecían al “padrino”, es decir, el simulacro era lo suyo y la bellaquería su “honoris causa”. Cortes Guardado representaba demoníacamente “dentro” de su simulacro, su frankenstein para seguir orquestando al menos dos décadas más el negocio de la empresa y seguir neutralizando las investigaciones y los conocimientos.
Koyanisgatsi hizo algunos otros ensayos de empleo pero la bolsa de trabajo está saturado únicamente de trabajos rudo y mal pagados ¿y los institucionales?... ya saben esos trabajos solamente los saborean los compadres y los amigos cercanos que saben simular los acontecimientos. Dicen: he conseguido que este año se abran 1000 plazas para generar fuentes de empleo etc. ¡mierderio!
Upps, tal vez Koyanisgatsi entró a algo que ni siquiera tenia conocimiento de ello: los niños viven en el jardín del Edén sino hasta que son mascados por la maquinaria social, algo bueno más adelante saldrá; pero por lo pronto hay que cruzar con cuidado la carretera de la competencia del darwinismo social, este animal infecciosos sacado de las entrañas de Adam Smith-Hoobes, los pensadores monarcas del egoismo.
Estos tiempos rudos, tal vez más adelante salgan bien
Axlugo